El sanedrín oculto

Vamos a examinar en este capítulo maravillas increíbles, desde otro punto de vista, e incontestablessin embargo. Hablo de lalycantropiao de la transformación nocturna de los hombres en lobos, tancélebres en las veladas de nuestros campesinos, por las historias de lobos-duendes; historias tan bien compuestas que, para explicarlas la ciencia incrédula, ha recurrido a locuras furiosas y adisfrazamientos de animales. Pero semejante hipótesis son pueriles y nada explican. Busquemos enotra parte el secreto de los fenómenos observados por este motivo y comprobemos primeramente:l. Que nunca ha sido muerto nadie por un lobo-duende, sino ha sido por sofocación, sin efusión desangre y sin heridas.2. Que los lobos-duendes cercados, perseguidos y aun heridos, no han sido jamás muertos sobre elterreno.3. Que las personas sospechadas de estas transformaciones han sido siempre halladas en sus casas,después de la cacería al lobo-duende, más o menos heridas, algunas veces moribundas, perosiempre en su forma natural.Ahora comprobemos fenómenos de otro orden. Nada en el mundo está más y mejor atestiguado ni más incontestablemente probado, que la presencia real y visible del padre Alfonso de Ligorio cerca del Papa agonizante, mientras que elmismo personaje era observado en su casa, a una gran distancia de Roma, en oración y en éxtasis.La presencia simultánea del misionero Francisco Javier en muchos sitios a la vez, no ha sido menosrigurosamente comprobada.Se dirá que estos son milagros; nosotros responderemos que los milagros, cuando son reales,constituyen para la ciencia pura y simplemente fenómenos.  ————————–

Javier Marcos en su sección “El sanedrín oculto”, nos hablará de un asunto ciertamente inquietante: los microchips implantados en personas. ¿Progreso o afán de control de la población?

En su sección “En propias carnes” Javier Ramos nos hablará hoy de algo menos siniestro y que, sin duda, dará que pensar a nuestros oyentes. La bilocación. ¿leyenda o realidad?

Llegamos al secreto secretorum, a la clave más sigilosa de las guardadas en el silencio impenetrable de la Obra, a lo inefable y también a la verdad más absoluta que se debe esclarecer, descubrir, revelar. Son las raíces mosaicas del fundador del Opus Dei y su obra al servicio de Israel y sus finanzas.

No conviene olvidar el nombre exacto y en extenso de su propia creación y que por lo general queda, a pesar de ser el nombre oficial y registrado, en el ostracismo de la intencionada omisión. La denominación del Opus Dei es la de “Sociedad Sacer­dotal de la Santa Cruz y el Opus Dei” y ya en su propio nombre se cierra la llave de un misterio, cuyo enigma nos viene descifrado por el historiador judío Cecíl Roth que escribe en su conocida y divulgada obra Historia de los marranos lo siguiente: “en Bar­celona, donde si un marrano decía ‘Vamos hoy a la Iglesia de la Santa Cruz’ referíase a la sinagoga secreta llamada de ese modo”. Es una coincidencia sospechosa que el nombre es­cogido por Escrivá de Balaguer para su organización coincida exacta y crípticamente con el de la “sinagoga secreta” en el lenguaje a la usanza de los judíos.

Se puede ser consciente que hablar del tema judío, y sobre todo si se alude a él sin alabanza, es tema tabú. Hay que comenzar a llamar a las cosas por su nombre, decir que en la mente de Escrivá de Balaguer bullía un cerebro judío, que Escriba – que era su verdadero nombre de pila – era un criptojudío y que no es posible entender su obra ni interpretar la misma si no se relaciona con el fenómeno esencial de su judaísmo interior y exterior.

Escrivá lleva el disimulo en la sangre, igual que sus consanguíneos los judíos, es un fariseo y un hipócrita que cree en el Talmud y sus enseñanzas más que en el Evangelio y su Buena Nueva.
Escrivá va a utilizar a la Iglesia como instrumento para formar grupitos donde los cristianos no advertidos van a ser las víctimas de la maquinación.

En las biografías de Escrivá de Balaguer echamos en falta tres elementos esenciales de su nefasta personalidad; se disfrazan tres hechos básicos para entender al hombre y su Obra: que son que Escrivá es judío, que era un homosexual prácticamente y que creó el Opus Dei para servir a los fines del poder judaico oculto y siniestro, nunca para mayor Gloria de Dios y de su Iglesia. Escrivá se sirve de la Iglesia y no viceversa.

Ya desde el principio puede resultarnos sospechoso que Escrivá durante su vida cambie tantas veces de nombre, práctica usual entre los judíos. El documento indubitado y veraz de su apellido es el de Escriba, y así figura inscrito en el Registro. El apellido Escriba, si nos atenemos a su sentido etimológico, se deriva de la voz latina scriba, y que significaba “doctor e intérprete de la Ley entre los hebreos” según la primera y principal acepción del Diccionario de la Lengua Española.

En la ley mosaica “sofer”, la arcaica raíz hebrea que significa escribir, se usa para designar al escriba, varón – las mujeres están vedadas de ser estudiosas e intérpretes de la Ley – consagrado a la estricta observancia de la ley judía. A Esdrás se le llamaba “Escriba o doctor muy diestro en la ley de Moisés” (Esdrás VII, 6) que son instruidos en la palabra y las prescripciones impuestas por el Señor que pacta y se alía vincularmente con el pueblo de Israel. El escriba era, pues, el sacerdote.

Los escribas fueron muy influyentes en las cortes de Judá y de Israel, sobre todo durante el reinado de David y Salomón. En el Eclesiástico, capitulo XXXIX, se pondera su relevancia como depositarios de la sabiduría y de las profecías. En la época salomónica existen, incluso, escuelas que preparan para estos menesteres. En el Deuteronomio XVI, se asigna a los escribas también, funciones judiciales.
Los escribas, desde su cautiverio en Babilonia, serán los doctores de la Ley. Eran los sacerdotes-escribas. Su influencia les lleva a dominar bajo su tutela al pueblo que consideraba la profesión de escriba como “la más noble”, como celadores y hermeneutas de la Ley mosaica… Los escribas se agrupan y organizan en las sinagogas, dividiéndose en tendencias tales como los saduceos, los fariseos o los esenios.
Al principio los escribas de Israel seguían para su labor la tradición oral. Posteriormente recopilaron las máximas que difundían y hacían acatar en el Mischna. El primer y principal deber de los escribas era recoger celosamente la Ley judía. Así, el Talmud prescribe que “el que olvida el precepto, enseñado por el escriba, echa a perder su vida”.

Antes de llegar a ser escribas, pasaban por un aprendizaje. Eran Talmid, es decir, alumnos que en contacto con su maestro recepcionaban sus enseñanzas y a partir de los 40 años, si habían asimilado la materia, eran ordenados doctores (hakam). El escriba era la autoridad para dirimir cuestiones legislativas, religiosas y rituales. Ocupaba los puestos claves en el derecho, la administración y la enseñanza.
Sólo a los escribas les estaba permitido acceder al sanedrim. El partido fariseo del sanedrim estaba compuesto totalmente por escribas. Los escribas eran por antonomasia los portadores de una ciencia secreta: “la tradición esotérica”. La cábala era la ciencia hermética de los escribas que reservaban sus conocimientos. En Jerusalén, donde explicaban sus enseñanzas, el pueblo se sen­taba a sus pies, en señal de sometimiento. Esta reseña o clave interpretativa es la carga patronímica que lleva en su sangre y en sus genes José María Escriba.

El gentilicio de su apellido original Escriba equivale a rabino. Su procedencia la lleva en su propio nombre de familia. Si se llama escriba es porque sus antepasados, más o menos lejanos, próximos o remotos, eran “doctores e intérpretes de la ley entre los hebreos”, es decir rabinos. Cristo, en su Evangelio, habla del cariz y del talante, en muchos de sus pasajes, de los “escribas y fariseos”, quienes eran, como se comportaban, cuales eran sus sentimientos y cuan grande su doblez.

Escrivá de Balaguer era judío de sangre y de espíritu.
Su obra, la secta de la que es el líder carismático, está hecha a imagen y semejanza de las pequeñas e impenetrables
comunidades judaicas. El opus no deja de ser un ghetto, sus leyes y estatutos oscuros no traducidos y ocultos, su falta
de sinceridad con respecto a sus demás hermanos, los cristianos, a los que les niegan su pertenencia al clan, su ayuda mutua,
pero sólo entre ellos, su afán por el lucro y el dinero, el sentido monetarista que imprimen a sus vidas, la adoración al Becerro
de Oro, las palabras y contraseñas que usan, los testamentos a los que obligan y toda su parafernalia son la extrapolación de
las leyes del Kahal incrus­tadas en la Iglesia.

Escrivá se puede manifestar con apariencia cristiana, pero su trasfondo es judío. Tan judío como el oficio de su padre, mercader de telas, típico de las comunidades hebreas y marranas. La historia de la judería de Huesca nos ilustra de innumerables ejemplos al respecto. Entre las tiendas de la judería en 1238 había una famosa, la del sedero Abraim Aborrave. También se sabe que un tal Xalema Xuri era sedero y proveedor de la casa real. Ya en 1290 se tenía concedido a los miembros de la aljama de Huesca la facultad de tener tintorerías operatorias de trapos de Francia. También se tienen noticias del comercio judío en tejidos, habiendo destacado por su significación, aparte de los ya señalados, el trapero oscense Abrahim Alamaca, o los judíos Salomón Ablatorell y Mosse Abul­baca, traperos de Huesca como el padre de Escrivá, que en el año 1311 fueron sancionados y condenados al pago de 1500 sueldos e indemnizaciones por la compra de tejidos a sabiendas de que eran robados en la localidad de Sariñena por el también judío Caredin.
Tan arraigada y extendida estaba la vinculación de los judíos en Huesca y su territorio – lugar de donde procede y es oriundo Escrivá de Balaguer – al negocio y comercio de las telas, que en la capital existía hasta un barrio de los sederos dentro de la judería. Entre las actividades de los judíos en Huesca encontramos las de médicos, especieros, alabarderos, pelliceros, sederos, plateros, tintoreros, sastres, traperos, mercaderes y prestamistas. La familia de Escrivá se dedicaba a uno de los oficios habituales de los de su tribu, es decir, al negocio y comercio de las telas, y el padre, tras cometer una estafa colectiva en Barbastro a sus convecinos, no se quedó en el pueblo para hacer frente a sus obligaciones y respon­sabilidades, sino que huyó por la noche para consumar la estafa y no tener que pagar a sus acreedores.
Escriba es un descendiente de los rabinos de Huesca y su demarcación. En 1480 había en Huesca 9 rabinos que ejercían en la aljama, que es la voz preferida de los escribas para designar a la comunidad judía. Las aljamas se concentraban y ubicaban en el call o caller, término que deriva del hebreo kahal, comunidad o barrio donde se agrupaban los semitas.

En Barbastro existió un influyente núcleo judaico y tanto el rabinado como el degüelle eran oficios provistos por mandamiento real. Existió sinagoga y nos narra la historia que los judíos de Barbastro derribaron la antigua sinagoga de la localidad y cons­truyeron una nueva por lo grande de la comunidad mayor. El propio rey Alfonso III al tener noticia del levantamiento y construcción de la nueva sinagoga para albergar a más judíos en Barbastro, mandó, estando el rey en Ejea el 3 de octubre de 1287, reconocer la obra y ordenó que caso que fuera mayor que la sinagoga precedente, se procediera contra la aljama.
Un documento interesante y curioso en relación con los criptojudios de Barbastro lo hallamos en Konrad Eubaer que nos informa en su obra documentalmente cómo el papa Benedicto XIII, el 27 de abril de 1415, ordena el trueque de la sinagoga de Barbastro en una Iglesia por haberse convertido al cristianismo los judíos de su aljama. Barbastro era la quinta judería de Aragón en importancia y la aljama se situaba en los aledaños del castillo de la Zuda de la ciudad, junto a la muralla, donde Jaime I les concedió en abril de 1271 la autorización a la potente comunidad judía para abrir una puerta en la muralla, para que entraran por el acceso directamente desde el camino de Huesca, con una amplitud que pudieran transitar hombres y bestias cargadas. La aljama de Barbastro fue una de las denunciadas por usura, lo que dio motivo a abrir una investigación que acabó con la imposición del pago de 1000 sueldos en abril de 1298.

El fenómeno de las falsas conversiones de los judíos al cristianismo en la zona de Huesca comenzó ya desde el momento mismo de la conquista de Huesca por los aragoneses del rey Pedro I en 1096. Son célebres los casos del rabí Moisés Safardó, que recibió el bautismo en la catedral de Huesca en 1106 y tomó el nombre de Pedro Alfonso, que entró a formar parte del clero y escribió dos obras: La Disciplina clericalis y Diálogos contra los judíos. Convertido lo fue también el canónigo de la catedral, Pedro de Almería. El Obispo Vidal de Canellas nos da una pista de sus inclinaciones al legar en su testamento 300 sueldos a una tal Urraca, de raza judía. Notoria y sintomática fue la conversión en masa de la familia de Azach abin Longo o Abelongo. También lo eran los Santvicent o San Vicente igual que los Santángel, algunos de los cuales eran familias de Barbastro, los Alborit – Albás – Azacha, Avin, Salomón, Argelet…
Fueron 35 las juderías radicadas en el reino de Aragón, unas de realengo y otras sometidas al señorío eclesiástico o nobiliario.
Escrivá parece volver constantemente sus ojos hacia su pasado; su memoria histórica inmersa en el concepto judío le lleva a escribir su principal obra, Camino, como proverbios morales, como máximas, como sentencias cortas, adagios de contenido moral y muchas veces recriminatorio. Estas enseñanzas morales venidas en esas greguerías a veces ambiguas, a veces con dobles sentidos, a veces con diferencias interpretativas, eran muy usuales en la producción literaria de los conversos y criptojudíos y bien analizadas demuestran un trasfondo de espíritu hispano-hebreo. Con sus aforismos morales recrea la tradición conversa de los siglos XVI y XVII españoles, sobre todo de la literatura ascética redactada por conversos.
Si tuviéramos que buscar las fuentes o los precedentes de su obra Camino tendríamos que hacer alusión y obligada referencia a obras tales como La certeza del Camino – aquí incluso está reflejada la palabra camino – de Abraham Pereira, que también escribiera su Espejo de las vanidades del mundo; o las obras del converso Luis de Granada Guía de Pecadores e introducción al símbolo de la Fe; o el libro de Diego Estella Descripción de las vanidades del mundo, al polémico tratado del criptojudío Miguel de Molinos publicado con el título de Guía Espiritual. Todos ellos son modelos, estereotipos que de una u otra manera, han sido consultados, utilizados; algunas máximas copiadas y los pensamientos han sido plagiados cuando allá por 1934, en Cuenca, Escrivá redactaba sus Consideraciones Espirituales, que así se denominó en primera instancia el boceto y borrador, la edición Príncipe de lo que luego se popularizaría como el catecismo del”pueblo elegido” como se jactan los miembros del Opus Dei, bajo el nombre de Camino. Por supuesto, la inspiración y las consignas
tenían un contraste de autenticidad y buena línea en el Talmud, la fuente originaria y total de la inspiración de Escrivá.
Son los libros escritos a base de proverbios morales, de anatemas, de obras con un tamiz de instrucción y con una
orientación didáctica, donde las reglas y preceptos, las normas, eran la pista para saber que se trataba de un moralizante converso, un autor marrano, que utilizaba trucos semánticos consistentes en transcribir conceptos con sentimientos, ideas y creencias judaicas mediante el cambio del sentido y de intención de los términos, la significación de las palabras y empleando un lenguaje mezcla de piedad y caricatura, que en los dos mundos son idénticos como si de un fraude semántico se tratara.
En esa misma línea de pensamiento y de acción se encuentra la tan reiterada frase que tanto gustaba repetir a Escrivá: “somos el resto del pueblo de Israel. Somos lo que queda del pueblo de DIOS…”. La cita era tan de su gusto que ha sido recogida incluso en la obra novelada de Vicente García: “En nombre del Padre” cuando nos narra una pose de Escrivá relatándonos que “emerge el Padre, quien enderezándose levanta los brazos por encima de su cabeza y atronando con la voz exclama: ‘iSomos el pueblo de Israel, hijas mías! iSomos el pueblo de Israel!…’ Son una y otra vez las que se recrea con el mismo contexto: ‘somos los vestigios del pueblo de Israel”.
Su aparente humildad era tan falsa como él mismo. Una vez mientras oraba, decía en voz alta “aquí tienes a tu burrito sarnoso” a lo que de inmediato y desde lo alto recibió la respuesta del mismo Dios: “un borrico fue mi trono en Jerusalén”.
Tal era el perfil semítico de Escrivá que un sacerdote de Madrid, amigo del escritor Luis Carandell en una conversación sobre el Opus “aprovechó la oportunidad para hacer el chiste de que el Opus Dei estaba constituido ‘por un escriba y setenta mil fariseos’ y añadió la, españolísima pregunta de si monseñor no seria de origen judío”. Sobre este particular se pronunció el antropólogo Julio Caro Baroja no afirmando ni negando su procedencia, aunque si apuntillaba que cuál no era el mejor apellido para pasar camuflado.
Por ello no es de extrañar que en su informe al sínodo diocesano de 1985, el rector del seminario de la diócesis de La Rioja acusó al clero del Opus de “ir a la caza de las herejías” y proseguía diciendo: “…creen pertenecer a la raza de Melquisedec” alusión directa en sentido metafórico.
Su carácter de filiación divina, dé alianza y pacto con el mismísimo Dios, la experimentó el Fundador personalmente “…esta realidad un día de verano de 1931, en un tranvía de Madrid. Mientras se preguntaba cómo podría llevar a cabo la misión que Dios le había encomendado tres años antes, el 2 de octubre de 1928, tuvo una respuesta nítida – que quedó grabada a fuego en su alma – a través de unas palabras del Salmo II: “Tú eres mi hijo; hoy te he engendrado yo”. Con el alma inundada de gozo, empezó a repetir en voz alta, como un niño: “Abba, Pater, Abba, Pater! Abba! Abba!”.
Con razón Escrivá había sido denunciado ante el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería, por considerarse que en una España de efervescencia católica y profundo sentimiento cristiano “el Opus Dei era la rama judaica de la francmasonería” También el Santo Oficio, en el Vaticano, recibiría comunicaciones en tal sentido.
Una anécdota que inocentemente se cuenta en la biografía de Escrivá escrita por su principal alabardero nos refiere que
“cerca de Caracas, el 14 de febrero de 1975, se levantó un hombre joven, de barba poblada y amplia, que realzaba su jovialidad.
– Padre, yo soy hebreo…
El fundador del Opus le interrumpió: “Yo amo mucho a los hebreos, porque amo mucho a Jesucristo – ¡con locura! – que es hebreo. No digo era, sino es: lesus Chdstus, hier et odie, ipse et in secula. Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. El segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño, sigue…”. Le brotaba su instinto judío que a veces no sabía o no podía refrenar, aunque adornaba su impronta con alusiones a Dios y su Santa Madre, para dejar la cosa más atenuada, que se comprendiera el mensaje sin descubrirse por entero.
Una de las personas que conoció la realidad íntima de Escrivá era su amigo el profesor Viktor E. Frankl, judío, especialista de psicología que ha dejado varios testimonios de sus encuentros con el fundador del Opus Dei, donde nos ha dejado constancia de su capacidad de adaptación y simulación, su metamorfosis, propia de los de su raza, remarcando “su asombrosa capacidad para sin­tonizar inmediatamente con su interlocutor. Vivía totalmente en el momento presente y se entregaba a él por completo”.
Tan rematadamente judío era Escrivá que no quiso, siguiendo la costumbre judía, que sus padres reposaran en cristiana sepul­tura en un cementerio católico, siguiendo así la tradición de los hebreos que se llevaban consigo los huesos de sus mayores si eran desenterrados. Escrivá no quiso que los restos mortales de sus progenitores yacieran en tierra bendita y por eso les enterró en la cripta de la casa del Opus en la madrileña calle de Diego de León, exhumación de dudosa legitimidad si nos atenemos a las normas y ordenanzas municipales sobre enterramientos que regían cuando los mismos fueran sepultados extramuros de los cementerios en una calle y en un lugar no aptos.
Otra tendencia que resalta como tradicional en muchos judíos es la de “buscar entronque con linajes aristocráticos”. Y la adquisición y el fraude del título de “Marqués de Peralta”, para el que Escrivá carecía en absoluto de legitimidad tanto de origen como de ejercicio, y sólo su instinto judaico, le arrastró a la feria de las vanidades terrestres, con la búsqueda, la pesquisa y la adjudicación de un título nobiliario para cuyo expediente debió acudir no sólo al engaño a sabiendas de que no tenía derecho alguno, sino hasta a la falsificación documental y a la prevaricación de cargos públicos en el Ministerio de Justicia Español afectos al Opus Dei.
También un claro indicio de poca fiabilidad, a la sazón muy utilizado por los judíos de todas las épocas, es el constante cambio de nombres para no ser reconocidos. Recordemos aquí que Mendizábal, el autor de la más famosa desamortización eclesiástica, ministro liberal discutido, que en realidad se llamaba Alvarez y Méndez y que, como recalca Caro Baroja “siguiendo la costumbre muy común entre los de su linaje, modificó su apelli­do”. El sistema de cambiarse de nombres y de localidad lo subraya al hablar del criptojudaísmo Blázquez Miguel, como una técnica usual y homologada entre los judíos.
Y hablando de tácticas y técnicas, de pautas de compor­tamiento, es significativa la conducta de Escrivá el 28 de marzo de 1975 cuando celebró sus bodas de oro sacerdotales en la in­timidad, según su norma de conducta habitual “ocultarse y desaparecer es lo mío” inmersión y ocultamiento arquetípico del criptojudío.
Según el historiador Pulgar los conversos de Aragón “eran muchos” y según el historiador judío Baer “habría unas seis mil familias judías en el reino de Aragón, lo que proporcionalmente suponía muchísimo”. El famoso Libro Verde de Aragón es un alegato documental y escalofriante sobre la contaminación y la falta de limpieza de sangre en una gran cantidad de familias de la nobleza aragonesa donde una gran parte de las clases privilegiadas tenían verdaderamente origen judío. Bernáldez, en su
Historia de los Reyes Católicos nos informa que “en cuanto podían adquirir honra, oficios reales, favores de reyes y señores, algunos se mezclaron con los hijos e hijas de caballeros cristianos viejos con sobra de riquezas” para luego llevar una vida doble y aprovechada.
Para los criptojudíos, como para Escrivá de Balaguer la ética se reducía, en definitiva, a hacer lo útil en término final en la jerarquía de valores.
Para Cobo Martínez, Josemaría Escrivá de Balaguer es uno de “los más cualificados y eficientes criados del judaísmo”. Sus servicios a la causa judía y los perjuicios que de su actuación se derivan en la Iglesia Católica le confieren el gran título de hijo predilecto de Israel.
De ahí su inclinación a la vida oculta y las llamadas constantes a la imitación, no al amor y a la caridad cristiana, sino “a los treinta años de vida oculta del Señor” con una obsesión por el acatamiento y la obediencia como corres­ponde a las exigencias de una religión, la hebrea, que se basa no en la fe, sino en las prescripciones de una ley sin concesiones donde, como decía Escrivá, “Obedecer siempre es ser mártir sin morir”. La obediencia ciega, sobre el amor y la verdad. Esa es la gran diferencia.
Como nos advierte D. Julio Caro Baroja “hay que tener mucho cuidado con los lobos sangrientos que pasan entre nosotros disimulados con las pieles de mentidas ovejas”.

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