‘La reforma laboral es justa, buena y necesaria para España’

AMNISTIA FISCAL

 

Rajoy: ‘La reforma laboral es justa, buena y necesaria para España’

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/02/19/espana/1329653048.html

hamlet : me parece vergonzoso que utilizen las escrituras para llevar a cabo una reforma laboral drakoniana
caesar : que mas haran por noos bien ?
hamlet :No, no!, para realizar el bien es necesario el poder, ya lo decía Santo Tomás de Aquino”.

El pasado jueves, agentes de la policía catalana se presentaron en lo que es ya el asentamiento más grande de la ciudad, una zona de fábricas abandonadas en el barrio de Poblenou donde malviven más de 300 personas, la mayoría inmigrantes subsaharianos.

Los uniformados amenazaron a los habitantes con desalojarlos este lunes, dándoles sólo tres días de plazo para recoger sus pertenencias y abandonar el asentamiento.
Esto fue catalogado por los residentes como inadmisible y denunciaron que la policía no mostró en ningún momento una orden judicial para proceder.
El colectivo que habita esta zona industrial abandonada del Distrito de Sant Martí se dedica principalmente a la recogida y venta de chatarra desde hace tres años y no ha protagonizado conflictos con el resto de personas del barrio.
El complejo carece de agua corriente y servicios básicos como lavabos o recogida de basura, lo que supone un riesgo para la salud y la calidad de vida.
La pasada semana, durante la Audiencia Pública en la Sede del Distrito, un representante del colectivo subsahariano le expuso al Regidor Eduard Freixedes las condiciones en las que viven estas personas y le pidió que hiciera llegar agua corriente a las naves industriales.
Unos días más tarde, lejos de responder a esta demanda básica, el Regidor Freixedes, con el beneplácito del Alcalde de Barcelona, Xavier Trias, enviaron a la policía para anunciar el desalojo inminente.
Asociaciones de vecinos, organizaciones de defensa de los Derechos Humanos y asambleas de “indignados” del Movimiento 15M ya han mostrado su apoyo al colectivo y se posicionan contrarias al desalojo. A través de un comunicado conjunto, denuncian la impunidad policial, la inacción de la Admnisitración y el abandono en el que se encuentran los habitantes del asentamiento.
Además, exigen al Alcalde que mejore las condiciones de vida de estas personas y ofrezca alternativas y no represión policial.
LibreRed.net

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los elegidos. El talmud – Evo Morales

hamlet : igual es igual y distinto es distinto

Fue a partir del 1600 cuando las formas embrionarias del capitalismo moderno surgidas en los albores del Renacimiento alcanzaron su desarrollo definitivo, primeramente en Holanda, y en Inglaterra después.
Los Países Bajos constituyeron, en efecto, el primer escenario en el que el nuevo modelo económico y la mentalidad empresarial se manifestaron plenamente, pero ya no sólo en unos cuantos enclaves localizados, sino en toda la extensión de una nación.

Fueron varios los factores que confluyeron en la eclosión del capitalismo holandés. Uno de ellos, de indudable relevancia, pero en modo alguno exclusivo, sería el asentamiento en aquel país de un notable contingente de inmigrantes sefarditas salidos de España a raíz del decreto de expulsión. De los aproximadamente 300.000 sefarditas que abandonaron España en las postrimerías del siglo XVI, la porción más importante se asentó en dominios otomanos, si bien hubo grupos numerosos que dirigieron sus pasos hacia Holanda, Inglaterra y las ciudades alemanas de Hamburgo y Frankfurt. Esta última localidad habría de ser con el tiempo la casa matriz de varias dinastías de financieros ashkenazim, tales como los Rothschild, los Warburg, los Mendelsohn y los Speyer.

No obstante, sería inexacto, por no decir falso, atribuir en exclusiva a los inmigrantes hebreos el espectacular desarrollo del mercantilismo holandés y, más tarde, del capitalismo británico. Si, como ya se apuntó, el Talmud era el único corpus ideológico que en los inicios del capitalismo renacentista se compaginaba plenamente con los postulados mercantiles de éste, no podría decirse lo mismo de la situación reinante en la Europa del XVII, en la que ya se había desarrollado por completo la mentalidad surgida de la Reforma protestante. Una mentalidad perfectamente identificada con el nuevo modelo socioeconómico, del que en realidad no fue sino una derivación. Sobre este particular, no hará falta extenderse aquí en excesivas explicaciones, por cuanto se trata de un tema perfectamente conocido. La máxima calvinista (compartida, salvo anecdóticas excepciones, por el protestantismo en su conjunto) en virtud de la cual “el éxito y los beneficios de toda empresa mercantil son la recompensa concedida por Dios a sus elegidos”, es sobradamente ilustrativa al respecto, y resume a la perfección la esencia del espíritu protestante, que convirtió la trascendencia religiosa en un asiento contable o, si se prefiere, en una ética para propietarios y tenderos.
Por lo demás, está suficientemente claro que en el escenario europeo posterior a la Reforma la Iglesia Romana era una institución vinculada a los intereses propios del régimen aristocrático y del orden señorial, mientras que las confesiones protestantes representaban las aspiraciones y mentalidad de la nueva clase emergente y del nuevo sistema socioeconómico. Aunque no por ello deja de ser cierto que, con el transcurso del tiempo, y una vez que el sistema burgués hubo logrado su consolidación política en toda la órbita occidental, la institución vaticana se fue adaptando plenamente a las coordenadas del nuevo modelo, haciendo gala con ello de su conocida versatilidad para acomodarse a las exigencias de los tiempos y a los imperativos del Poder.
Para comprender el desarrollo experimentado por la economía capitalista en los Países Bajos durante el siglo XVII, bastará significar la aparición por entonces de una serie de prácticas que, con el andar de los años, habrían de convertirse en rasgos característicos del capitalismo contemporáneo.
Uno de esos fenómenos fue la fiebre especulativa que se manifestó con inusitada intensidad en la Holanda del XVII, circunstancia de la que da buena prueba el espectacular tráfico económico que tuvo lugar en torno a un artículo tan simple como el tulipán. Esta planta, traída desde Adrianópolis al occidente europeo por el botánico Busbeck hacia mediados del siglo XVI, se convirtió durante el primer tercio del siglo XVII en un objeto de veneración para los ciudadanos holandeses. Fue una de esas extrañas modas, tan corrientes en la época actual, que prendió casi repentinamente, sin que se conozca con certeza la razón. El hecho es que, a partir de 1630, el esnobismo de los primeros momentos comenzó a adquirir tintes de pura y simple especulación. Cada día era mayor el número de personas deseosas de adquirir ejemplares de ese bulbo, aunque ya no por razones decorativas, sino con el propósito de venderlos a un precio superior, no tardando en desarrollarse en torno a los tulipanes un auténtico mercado bursátil en el cual participaban individuos de todas las condiciones sociales. Las Bolsas de las principales ciudades holandesas se convirtieron así en el escenario de transacciones en las que se pagaban miles de florines por ejemplares de tulipán que, convertidos ya en un valor abstracto, al modo de las acciones actuales, nadie había llegado a ver, ni el comprador, ni el vendedor, ni mucho menos el agente bursátil. La histeria especuladora fue en aumento, impulsada por el hecho de que, como en todo negocio de esa índole, el incremento injustificado y vertiginoso de la cotización hizo que, en un principio, todo el mundo obtuviera beneficios. Al punto que muchas personas llegaron al extremo de enajenar todos sus bienes para invertir el numerario así obtenido en tan lucrativo negocio. Claro que, al final, acabó ocurriendo lo inevitable en todo proceso de especulación montado en torno a un objeto carente de valor intrínseco, y cuya estimación resulta ser puramente ficticia. Al vertiginoso ascenso de los precios le sucedió una caída más vertiginosa aún, lo que supuso la bancarrota absoluta para centenares de familias.
El episodio referido no fue sino un claro antecedente de lo que poco después, ya en la Inglaterra del siglo XVIII, habría de desarrollarse plenamente bajo la fórmula del Mercado de Acciones o Bolsa de Valores. Una fórmula, sobra decirlo, de plena actualidad.
Otro fenómeno que se desarrolló también por aquellos años, y muy especialmente en Inglaterra a partir del último tercio del siglo XVII, fue la proliferación de los llamados proyectistas, una especie de antecesores de los actuales expertos en inversiones financieras. Una muestra evidente de la nitidez con la que ya por entonces comenzaron a perfilarse ciertos usos consagrados en la actualidad, nos la ofrece el testimonio de un testigo privilegiado de la época, el inglés Defoe. En su obra “An Essay on Projects”, el escritor británico definió de manera magistral a los proyectistas de entonces con palabras como éstas: “Hay personas demasiado astutas para convertirse en auténticos criminales en su desenfrenada carrera en pos del oro. Éstas se dedican a inventar ciertas formas oscuras de tretas y engañifas, un modo de robar tan reprobable como otro cualquiera, o incluso más, ya que bajo atractivos pretextos inducen a gentes honradas a soltar su dinero y ponerse de su parte, para desaparecer después tras la cortina de un refugio seguro, burlándose de las leyes y de la honradez”.
Las actividades de los proyectistas tuvieron su perfecta correspondencia en la especulación bursátil y en el llamado Mercado de Efectos, cuyas prácticas también nos dejaría descritas el citado autor en sus escritos: “Al principio estaba constituido por las transferencias simples y esporádicas de títulos y acciones. Pero debido a la industriosidad de los corredores de comercio, en cuyas manos se hallaba el negocio, éste se convirtió en un tráfico basado en las mayores intrigas, astucias y artimañas que jamás se dieron bajo la máscara de la honradez. Pues como los corredores tenían la sartén por el mango, convirtieron la Bolsa en una partida de juego; subían y bajaban los precios de las acciones a su antojo, y mientras tanto siempre contaban con vendedores y compradores dispuestos a confiarles su dinero, no obstante sus falaces promesas”.
Lógicamente, la consolidación del modelo económico capitalista que se operó durante los siglos XVII y XVIII dio paso al nacimiento de las primeras instituciones bancarias al estilo de las que se conocen hoy. Y no es que hasta ese momento no hubiesen existido profesionales del préstamo a gran escala. Lo que ocurre es que tales individuos, pese a su poderío económico, permanecieron supeditados a los avatares y decisiones del poder político, siendo así que su suerte dependía en gran medida de la del monarca al que se hallaban vinculados o de que éste les retirara su confianza. Pero, con el discurrir de la era moderna, los poderes económicos no sólo se fueron emancipando del dominio de la autoridad política, sino que acabaron por erigirse en los dueños y patrones de ésta.
En 1694, y a propuesta del escocés William Patterson (la rapacidad económica de los negociantes escoceses no tardaría en convertirse en algo proverbial), el Parlamento inglés autorizó la creación de una banca de emisión cuya razón social completa sería The Governor and Company of the Bank of England. El capital social del recién creado Banco de Inglaterra, que ascendía a 1.200.000 libras, fue suscrito en su totalidad por inversores privados, y si bien el acta de su fundación no otorgaba a esa entidad ningún monopolio, tres años después, en 1697, una nueva disposición parlamentaria le concedió en exclusiva el privilegio de emitir moneda. A esta prerrogativa se le irían añadiendo con el transcurso del tiempo algunas otras (Carta de 1892, Acta de 1928) que no harían sino consolidar el poder de dicha institución.
Por lo que a Francia se refiere, el escenario económico de aquel país estuvo presidido durante un tiempo por dos personajes. El primero, un financiero de origen israelita llamado Samuel Bernard, fue el banquero personal de Luis XIV y de toda la corte gala. Sus relaciones con los ministros del rey le proporcionaba, entre otras ventajas, una información de primera mano de la que el acaudalado Bernard extraía la oportuna rentabilidad. La fortuna y posición de este financiero llegaron a ser tales que las más destacadas familias de la aristocracia francesa se disputaron el privilegio de emparentar con su descendencia.
No obstante, los últimos años del reinado de Luis XIV se vieron afectado por una progresiva crisis económica, que se acentuó aún más a la muerte del rey Sol. Fue entonces cuando emergió al primer plano la figura del escocés John Law, propietario de la poderosa Compañía Comercial de Occidente y de una entidad bancaria que, en virtud de un edicto de agosto de 1717, pasó a convertirse en la Banca Real, con todas las prerrogativas que ello comportaba, entre otras la de emitir papel moneda. Posteriormente, la desaforada gestión del financiero escocés no tardó en conducir a un crecimiento desmesurado de la circulación fiduciaria, lo que acabaría desembocando en el absoluto descrédito de los billetes emitidos por dicha institución bancaria, prácticamente carentes al final de respaldo y de valor efectivos. En diciembre de 1720 la actividad de la Banca Real fue suspendida, restableciéndose nuevamente el pago exclusivo en numerario metálico.
Las catastróficas consecuencias de aquella experiencia marcaron durante un tiempo tanto a los poderes públicos franceses como a la mayor parte de la población. Habría que esperar al clima generado por la Revolución Francesa para que el recelo de antaño diera paso a un ambiente más propicio para el desenvolvimiento del Gran Capital.
Albert Matiez, uno de los escasos historiadores de la Revolución Francesa que se interesó por los aspectos económicos de la misma, aportó en su día una documentación precisa acerca del papel desempeñado en su gestación y desarrollo por diversos financieros. Figuran entre los más relevantes el banquero Jacques Necker, director general de Finanzas y primer ministro de Luis XVI, Etienne Delessert, fundador y propietario de la principal compañía aseguradora francesa, Prevoteau, destacado financiero, y Nicolás Cindre, agente de cambio. A esta relación podrían añadirse los nombres del banquero lionés Fulchiron y de su asociado Givet, así como el del financiero Boscary, presidente de la Caisse D’Escompte y titular de varios cargos políticos de primer orden durante el episodio revolucionario. Todo esto, claro está, sin mencionar la participación de otros patrocinadores foráneos, de los que se dará cuenta más adelante.
Igualmente explícitos son los testimonios de dos destacados protagonistas de aquel evento. El primero de ellos, el revolucionario republicano Rivarol, dejaría escrito en sus memorias que “una multitud de agiotistas y capitalistas decidieron la Revolución”. No menos elocuentes fueron las palabras pronunciadas en la Convención por el diputado y miembro del Comité de Salud Pública Joseph Cambon:”La gran Revolución ha golpeado a todo el mundo, excepto a los financieros”; palabras que, aun siendo certeras, constituyeron un alarde de cinismo por parte de quien las pronunció, un sicario del nuevo régimen capitalista.
Una vez agotado el período convencional, la situación resultaría todavía más favorable para los intereses de la oligarquía económica. Durante el Directorio, los financieros y hombres de negocios coparon los puestos clave del gobierno y de la Administración, lograron la derogación en la Asamblea de la ley de 17 Germinal del año II (apenas aplicada mientras estuvo en vigor), que ponía algunas trabas al desenvolvimiento de sus actividades y, finalmente, acapararon el lucrativo negocio de los suministros al Estado.
El golpe bonapartista del 19 Brumario de 1799 acabaría por consolidar los intereses plutocráticos. Tan solo dos meses después de que Napoleón fuera proclamado Primer Cónsul nació el Banco de Francia, institución a la que le fue concedida desde su creación el privilegio de recibir en cuenta corriente los fondos de la Hacienda Pública, a lo que se añadiría tres años después la facultad exclusiva de emitir papel moneda. Todo ello tratándose, claro está, de una entidad de carácter privado, cuyo presidente y administradores eran nombrados por los 200 accionistas mayoritarios de la misma.
Por lo demás, son sobradamente conocidas las estrechas relaciones que Napoleón Bonaparte mantuvo con la Alta Finanza, hasta el punto que, pese a existir un poso de mutua desconfianza, el autócrata corso jamás emprendía una campaña militar ni adoptaba una decisión política comprometida sin recabar el parecer de sus banqueros. No menos conocidos son los gigantescos beneficios que las guerras napoleónicas reportaron al entonces llamado Sindicato Financiero Internacional (Baring, Hope, Boyd, Parish, Bethmann, Rothschild), al que el historiador británico Mc Nair Wilson atribuyó la caída de Napoleón a raíz de las medidas adoptadas por éste (bloqueo comercial sobre Inglaterra) en contra de sus intereses.
Inmediatamente después del desmantelamiento del régimen bonapartista comenzó a perfilarse el protagonismo hegemónico de la casa Rothschild, que en el transcurso de unos cuantos años se situaría en una posición de privilegio en el ámbito financiero del continente europeo.
El fundador de dicha dinastía de banqueros fue Meyer Amschel Rothschild, nacido el año 1744 (1743, según algunos biógrafos) en la localidad alemana de Frankfurt. Tras un breve período de estudios en la escuela talmúdica de su ciudad natal, el joven Rothschild ingresó como empleado en una casa de cambio de Hannover regentada un correligionario suyo llamado Oppenheim, donde se iniciaría en los fundamentos del negocio bancario. Debido a sus excepcionales dotes para los asuntos financieros, no tardó en ocupar un puesto relevante en la Banca Oppenheim, lo que le iba a permitir relacionarse con su más adinerada clientela. Fue precisamente por ese conducto como un día entró en contacto con el general von Estorff, quien, impresionado por su agudeza y visión comercial, le introdujo en la corte del Landgrave de Hesse-Cassel , que a la sazón constituía por entonces una especie de establecimiento mercantil donde se trataban todo tipo de negocios.
Coincidiendo con aquel suceso, que marcaría el inicio de su vertiginosa ascensión, Meyer Amschel contrajo matrimonio en 1770 con una joven hebrea llamada Gutta Schapper, y se estableció en un inmueble de Frankfurt, futura sede de su imperio económico.
Uno de los más lucrativos negocios de aquella época lo constituía el aprovisionamiento de mercenarios para los ejércitos de las monarquías europeas. Y justamente, los mayores organizadores de ese tráfico eran el príncipe Federico II de Hesse-Cassel y su hijo Guillermo IX. Meyer Rothschild, asociado de éstos, se encargaba de reclutar, equipar y alojar a la tropa hasta su embarque, percibiendo a cambio un porcentaje por cada operación. Huelga comentar la importancia que adquirió ese comercio a raíz de las guerras desatadas en Europa como consecuencia de la Revolución Francesa, así como los dividendos que reportó a sus principales promotores. Con todo, ésta no fue más que una de las múltiples fuentes de ingresos de nuestro financiero, como muy bien señalaría su principal biógrafo y panegirista, el conde Corti: “Allí donde había algo en que ganar, ya fuera comisión o expedición, ya se tratase de ropas o de vinos, o bien de artículos para los cuales había sido establecida la libertad de comercio, allí estaba presente la casa Rothschild”. Otra de las especialidades de la casa, no mencionada por el citado cronista, fue el contrabando, actividad de la que dan repetida cuenta varios informes policiales elaborados en 1812 y dirigidos al ministro del Interior francés, el duque de Rovigo.
En 1810, plenamente consolidado ya su negocio, Meyer Amschel redacta y formaliza un contrato por medio del cual asocia a sus hijos varones a la sociedad, que pasa a denominarse a partir de ese momento Meyer Amschel Rothschild e Hijos. Dos años más tarde, el 19 de septiembre de 1812, moría el fundador de la dinastía, dejando en su testamento la propiedad exclusiva de todos sus negocios a sus cinco hijos, cada uno de los cuales recibió una quinta parte del capital social. El acta testamentaria excluía explícitamente de cualquier participación en la empresa a sus hijas, a los maridos de éstas y a sus descendientes, si bien establecía la entrega a cada una de ellas de una estimable suma económica.
Como ya se apuntara líneas atrás, fue a partir de ese instante, y en el marco del nuevo escenario europeo configurado por la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, cuando la casa Rothschild emprendió una progresión imparable que la llevaría en pocos años a situarse a la cabeza de la finanza europea. Aunque no el único, el factor que más decisivamente contribuyó a tan fulgurante escalada fue el hecho de que cada uno de los cinco herederos se estableciera en una capital europea, lo que habría de permitirles en lo sucesivo coordinar sus estrategias y disponer en todo momento de una visión completa y no limitada a un sólo país de la situación reinante en el viejo continente.
La rama francesa de la casa Rothschild, que estuvo comandada en un principio por Salomón, pasó en muy poco tiempo de figurar en los archivos policiales por sus prácticas contrabandísticas, al pleno reconocimiento de la corte real y de la alta sociedad. En 1823, Luis XVIII solicita y obtiene de la firma un empréstito de 400 millones de francos, y unos meses después Salomón Rothschild es condecorado con la Legión de Honor por sus valiosos servicios a la causa de la Restauración. A lo largo de los años 1830,1831 y 1832 se suceden otros tantos empréstitos de la banca Rothschild al gobierno francés.
A partir de 1836 la rama francesa de los Rothschild pasa a ser dirigida por otro de los hermanos, Jacob, más conocido bajo el nombre de James. Éste negocia en 1844 un nuevo préstamo al gobierno galo cuyo montante asciende a 200 millones de francos, y del que se derivaría un sonoro escándalo. A raíz de aquel asunto el ministro de Finanzas francés fue acusado públicamente de subordinar los interese de la nación a la banca Rotschild. Poco después, en 1845, se produce un nuevo escándalo, como consecuencia de la concesión a la casa Rothschild de los Ferrocarriles Franceses del Norte. Una publicación aparecida al hilo de aquel acontecimiento (“Guerre aux Fripons”) daba cuenta del modo en que numerosos miembros de las dos Cámaras Legislativas, varios jueces y los periodistas más influyentes de aquel país, habían sido obsequiados por el dadivoso James Rothschild con miles de acciones de su recién creada compañía ferroviaria.
Mientras tanto, la hostilidad de la opinión pública, clamorosa en un principio, iba cediendo progresivamente merced a la intensa propaganda desplegada por los diarios más influyentes, que se dedicaban a destacar las obras filantrópicas de la poderosa Banca. Muy pronto la filantropía habría de convertirse en un recurso habitual de numerosos imperios financieros, que desde hace tiempo vienen dedicando parte de sus ingentes beneficios a dicho capítulo, cuya utilidad no sólo se deriva de su impacto efectista sobre la población, sino fundamentalmente de las posibilidades que ese conducto ofrece para (a través de las Fundaciones) penetrar y controlar amplios sectores de la vida social.
En cuanto a los restantes miembros de la saga, Amschel regentaba el establecimiento bancario de Frankfurt, Karl dirigía el de Nápoles, y Salomón, que en un principio figuró al frente de la rama francesa, acabó instalándose definitivamente en Viena, donde muy pronto se hizo con la amistad personal de Metternich y con las simpatías de la corte imperial. Por si eso fuera poco, el influyente Gentz, brazo derecho del canciller austríaco, le mantenía puntualmente informado de los asuntos de Estado, percibiendo a cambio una sustanciosa asignación mensual. Sus relaciones con la curia romana eran también óptimas, y fruto de ellas fue un importante empréstito negociado con el Estado Vaticano.
Finalmente, el quinto de los vástagos, Natham, se instaló en Londres. De su posición en la sociedad británica puede decirse que fue tan sólida o incluso más que la de sus hermanos en los otros países europeos. De hecho, el salón de su hija mayor se convirtió en el lugar más frecuentado por la aristocracia británica y las oligarquías económicas, políticas y sociales de aquel país. Tampoco estará de más significar el papel desempeñado por Nathan Rothschild en el conflicto que enfrentó a carlistas e isabelinos por el trono español. Un papel tan decisivo como rentable para aquél, ya que su apoyo financiero a la causa isabelina le valió, entre otras prebendas, la explotación en exclusiva de las minas de Almadén. Y dado que el otro gran yacimiento europeo de mercurio, ubicado en Istria, había sido comprado tiempo atrás al Estado austríaco por su hermano Salomón, la casa Rothschild pudo así acaparar en régimen de monopolio el mercado europeo de ese mineral.

el secreto secretorum -Escrivá lleva el disimulo en la sangre, igual que sus consanguíneos los judíos, es un fariseo y un hipócrita que cree en el Talmud y sus enseñanzas más que en el Evangelio y su Buena Nueva.

Llegamos al secreto secretorum, a la clave más sigilosa de las guardadas en el silencio impenetrable de la Obra, a lo inefable y también a la verdad más absoluta que se debe esclarecer, descubrir, revelar. Son las raíces mosaicas del fundador del Opus Dei y su obra al servicio de Israel y sus finanzas.

No conviene olvidar el nombre exacto y en extenso de su propia creación y que por lo general queda, a pesar de ser el nombre oficial y registrado, en el ostracismo de la intencionada omisión. La denominación del Opus Dei es la de “Sociedad Sacer­dotal de la Santa Cruz y el Opus Dei” y ya en su propio nombre se cierra la llave de un misterio, cuyo enigma nos viene descifrado por el historiador judío Cecíl Roth que escribe en su conocida y divulgada obra Historia de los marranos lo siguiente: “en Bar­celona, donde si un marrano decía ‘Vamos hoy a la Iglesia de la Santa Cruz’ referíase a la sinagoga secreta llamada de ese modo”. Es una coincidencia sospechosa que el nombre es­cogido por Escrivá de Balaguer para su organización coincida exacta y crípticamente con el de la “sinagoga secreta” en el lenguaje a la usanza de los judíos.

Se puede ser consciente que hablar del tema judío, y sobre todo si se alude a él sin alabanza, es tema tabú. Hay que comenzar a llamar a las cosas por su nombre, decir que en la mente de Escrivá de Balaguer bullía un cerebro judío, que Escriba – que era su verdadero nombre de pila – era un criptojudío y que no es posible entender su obra ni interpretar la misma si no se relaciona con el fenómeno esencial de su judaísmo interior y exterior.

Escrivá lleva el disimulo en la sangre, igual que sus consanguíneos los judíos, es un fariseo y un hipócrita que cree en el Talmud y sus enseñanzas más que en el Evangelio y su Buena Nueva.
Escrivá va a utilizar a la Iglesia como instrumento para formar grupitos donde los cristianos no advertidos van a ser las víctimas de la maquinación.

En las biografías de Escrivá de Balaguer echamos en falta tres elementos esenciales de su nefasta personalidad; se disfrazan tres hechos básicos para entender al hombre y su Obra: que son que Escrivá es judío, que era un homosexual prácticamente y que creó el Opus Dei para servir a los fines del poder judaico oculto y siniestro, nunca para mayor Gloria de Dios y de su Iglesia. Escrivá se sirve de la Iglesia y no viceversa.

Ya desde el principio puede resultarnos sospechoso que Escrivá durante su vida cambie tantas veces de nombre, práctica usual entre los judíos. El documento indubitado y veraz de su apellido es el de Escriba, y así figura inscrito en el Registro. El apellido Escriba, si nos atenemos a su sentido etimológico, se deriva de la voz latina scriba, y que significaba “doctor e intérprete de la Ley entre los hebreos” según la primera y principal acepción del Diccionario de la Lengua Española.

En la ley mosaica “sofer”, la arcaica raíz hebrea que significa escribir, se usa para designar al escriba, varón – las mujeres están vedadas de ser estudiosas e intérpretes de la Ley – consagrado a la estricta observancia de la ley judía. A Esdrás se le llamaba “Escriba o doctor muy diestro en la ley de Moisés” (Esdrás VII, 6) que son instruidos en la palabra y las prescripciones impuestas por el Señor que pacta y se alía vincularmente con el pueblo de Israel. El escriba era, pues, el sacerdote.

Los escribas fueron muy influyentes en las cortes de Judá y de Israel, sobre todo durante el reinado de David y Salomón. En el Eclesiástico, capitulo XXXIX, se pondera su relevancia como depositarios de la sabiduría y de las profecías. En la época salomónica existen, incluso, escuelas que preparan para estos menesteres. En el Deuteronomio XVI, se asigna a los escribas también, funciones judiciales.
Los escribas, desde su cautiverio en Babilonia, serán los doctores de la Ley. Eran los sacerdotes-escribas. Su influencia les lleva a dominar bajo su tutela al pueblo que consideraba la profesión de escriba como “la más noble”, como celadores y hermeneutas de la Ley mosaica… Los escribas se agrupan y organizan en las sinagogas, dividiéndose en tendencias tales como los saduceos, los fariseos o los esenios.
Al principio los escribas de Israel seguían para su labor la tradición oral. Posteriormente recopilaron las máximas que difundían y hacían acatar en el Mischna. El primer y principal deber de los escribas era recoger celosamente la Ley judía. Así, el Talmud prescribe que “el que olvida el precepto, enseñado por el escriba, echa a perder su vida”.

Antes de llegar a ser escribas, pasaban por un aprendizaje. Eran Talmid, es decir, alumnos que en contacto con su maestro recepcionaban sus enseñanzas y a partir de los 40 años, si habían asimilado la materia, eran ordenados doctores (hakam). El escriba era la autoridad para dirimir cuestiones legislativas, religiosas y rituales. Ocupaba los puestos claves en el derecho, la administración y la enseñanza.
Sólo a los escribas les estaba permitido acceder al sanedrim. El partido fariseo del sanedrim estaba compuesto totalmente por escribas. Los escribas eran por antonomasia los portadores de una ciencia secreta: “la tradición esotérica”. La cábala era la ciencia hermética de los escribas que reservaban sus conocimientos. En Jerusalén, donde explicaban sus enseñanzas, el pueblo se sen­taba a sus pies, en señal de sometimiento. Esta reseña o clave interpretativa es la carga patronímica que lleva en su sangre y en sus genes José María Escriba.

El gentilicio de su apellido original Escriba equivale a rabino. Su procedencia la lleva en su propio nombre de familia. Si se llama escriba es porque sus antepasados, más o menos lejanos, próximos o remotos, eran “doctores e intérpretes de la ley entre los hebreos”, es decir rabinos. Cristo, en su Evangelio, habla del cariz y del talante, en muchos de sus pasajes, de los “escribas y fariseos”, quienes eran, como se comportaban, cuales eran sus sentimientos y cuan grande su doblez.

Escrivá de Balaguer era judío de sangre y de espíritu.
Su obra, la secta de la que es el líder carismático, está hecha a imagen y semejanza de las pequeñas e impenetrables
comunidades judaicas. El opus no deja de ser un ghetto, sus leyes y estatutos oscuros no traducidos y ocultos, su falta
de sinceridad con respecto a sus demás hermanos, los cristianos, a los que les niegan su pertenencia al clan, su ayuda mutua,
pero sólo entre ellos, su afán por el lucro y el dinero, el sentido monetarista que imprimen a sus vidas, la adoración al Becerro
de Oro, las palabras y contraseñas que usan, los testamentos a los que obligan y toda su parafernalia son la extrapolación de
las leyes del Kahal incrus­tadas en la Iglesia.

Escrivá se puede manifestar con apariencia cristiana, pero su trasfondo es judío. Tan judío como el oficio de su padre, mercader de telas, típico de las comunidades hebreas y marranas. La historia de la judería de Huesca nos ilustra de innumerables ejemplos al respecto. Entre las tiendas de la judería en 1238 había una famosa, la del sedero Abraim Aborrave. También se sabe que un tal Xalema Xuri era sedero y proveedor de la casa real. Ya en 1290 se tenía concedido a los miembros de la aljama de Huesca la facultad de tener tintorerías operatorias de trapos de Francia. También se tienen noticias del comercio judío en tejidos, habiendo destacado por su significación, aparte de los ya señalados, el trapero oscense Abrahim Alamaca, o los judíos Salomón Ablatorell y Mosse Abul­baca, traperos de Huesca como el padre de Escrivá, que en el año 1311 fueron sancionados y condenados al pago de 1500 sueldos e indemnizaciones por la compra de tejidos a sabiendas de que eran robados en la localidad de Sariñena por el también judío Caredin.
Tan arraigada y extendida estaba la vinculación de los judíos en Huesca y su territorio – lugar de donde procede y es oriundo Escrivá de Balaguer – al negocio y comercio de las telas, que en la capital existía hasta un barrio de los sederos dentro de la judería. Entre las actividades de los judíos en Huesca encontramos las de médicos, especieros, alabarderos, pelliceros, sederos, plateros, tintoreros, sastres, traperos, mercaderes y prestamistas. La familia de Escrivá se dedicaba a uno de los oficios habituales de los de su tribu, es decir, al negocio y comercio de las telas, y el padre, tras cometer una estafa colectiva en Barbastro a sus convecinos, no se quedó en el pueblo para hacer frente a sus obligaciones y respon­sabilidades, sino que huyó por la noche para consumar la estafa y no tener que pagar a sus acreedores.
Escriba es un descendiente de los rabinos de Huesca y su demarcación. En 1480 había en Huesca 9 rabinos que ejercían en la aljama, que es la voz preferida de los escribas para designar a la comunidad judía. Las aljamas se concentraban y ubicaban en el call o caller, término que deriva del hebreo kahal, comunidad o barrio donde se agrupaban los semitas.

En Barbastro existió un influyente núcleo judaico y tanto el rabinado como el degüelle eran oficios provistos por mandamiento real. Existió sinagoga y nos narra la historia que los judíos de Barbastro derribaron la antigua sinagoga de la localidad y cons­truyeron una nueva por lo grande de la comunidad mayor. El propio rey Alfonso III al tener noticia del levantamiento y construcción de la nueva sinagoga para albergar a más judíos en Barbastro, mandó, estando el rey en Ejea el 3 de octubre de 1287, reconocer la obra y ordenó que caso que fuera mayor que la sinagoga precedente, se procediera contra la aljama.
Un documento interesante y curioso en relación con los criptojudios de Barbastro lo hallamos en Konrad Eubaer que nos informa en su obra documentalmente cómo el papa Benedicto XIII, el 27 de abril de 1415, ordena el trueque de la sinagoga de Barbastro en una Iglesia por haberse convertido al cristianismo los judíos de su aljama. Barbastro era la quinta judería de Aragón en importancia y la aljama se situaba en los aledaños del castillo de la Zuda de la ciudad, junto a la muralla, donde Jaime I les concedió en abril de 1271 la autorización a la potente comunidad judía para abrir una puerta en la muralla, para que entraran por el acceso directamente desde el camino de Huesca, con una amplitud que pudieran transitar hombres y bestias cargadas. La aljama de Barbastro fue una de las denunciadas por usura, lo que dio motivo a abrir una investigación que acabó con la imposición del pago de 1000 sueldos en abril de 1298.

El fenómeno de las falsas conversiones de los judíos al cristianismo en la zona de Huesca comenzó ya desde el momento mismo de la conquista de Huesca por los aragoneses del rey Pedro I en 1096. Son célebres los casos del rabí Moisés Safardó, que recibió el bautismo en la catedral de Huesca en 1106 y tomó el nombre de Pedro Alfonso, que entró a formar parte del clero y escribió dos obras: La Disciplina clericalis y Diálogos contra los judíos. Convertido lo fue también el canónigo de la catedral, Pedro de Almería. El Obispo Vidal de Canellas nos da una pista de sus inclinaciones al legar en su testamento 300 sueldos a una tal Urraca, de raza judía. Notoria y sintomática fue la conversión en masa de la familia de Azach abin Longo o Abelongo. También lo eran los Santvicent o San Vicente igual que los Santángel, algunos de los cuales eran familias de Barbastro, los Alborit – Albás – Azacha, Avin, Salomón, Argelet…
Fueron 35 las juderías radicadas en el reino de Aragón, unas de realengo y otras sometidas al señorío eclesiástico o nobiliario.
Escrivá parece volver constantemente sus ojos hacia su pasado; su memoria histórica inmersa en el concepto judío le lleva a escribir su principal obra, Camino, como proverbios morales, como máximas, como sentencias cortas, adagios de contenido moral y muchas veces recriminatorio. Estas enseñanzas morales venidas en esas greguerías a veces ambiguas, a veces con dobles sentidos, a veces con diferencias interpretativas, eran muy usuales en la producción literaria de los conversos y criptojudíos y bien analizadas demuestran un trasfondo de espíritu hispano-hebreo. Con sus aforismos morales recrea la tradición conversa de los siglos XVI y XVII españoles, sobre todo de la literatura ascética redactada por conversos.
Si tuviéramos que buscar las fuentes o los precedentes de su obra Camino tendríamos que hacer alusión y obligada referencia a obras tales como La certeza del Camino – aquí incluso está reflejada la palabra camino – de Abraham Pereira, que también escribiera su Espejo de las vanidades del mundo; o las obras del converso Luis de Granada Guía de Pecadores e introducción al símbolo de la Fe; o el libro de Diego Estella Descripción de las vanidades del mundo, al polémico tratado del criptojudío Miguel de Molinos publicado con el título de Guía Espiritual. Todos ellos son modelos, estereotipos que de una u otra manera, han sido consultados, utilizados; algunas máximas copiadas y los pensamientos han sido plagiados cuando allá por 1934, en Cuenca, Escrivá redactaba sus Consideraciones Espirituales, que así se denominó en primera instancia el boceto y borrador, la edición Príncipe de lo que luego se popularizaría como el catecismo del”pueblo elegido” como se jactan los miembros del Opus Dei, bajo el nombre de Camino. Por supuesto, la inspiración y las consignas
tenían un contraste de autenticidad y buena línea en el Talmud, la fuente originaria y total de la inspiración de Escrivá.
Son los libros escritos a base de proverbios morales, de anatemas, de obras con un tamiz de instrucción y con una
orientación didáctica, donde las reglas y preceptos, las normas, eran la pista para saber que se trataba de un moralizante converso, un autor marrano, que utilizaba trucos semánticos consistentes en transcribir conceptos con sentimientos, ideas y creencias judaicas mediante el cambio del sentido y de intención de los términos, la significación de las palabras y empleando un lenguaje mezcla de piedad y caricatura, que en los dos mundos son idénticos como si de un fraude semántico se tratara.
En esa misma línea de pensamiento y de acción se encuentra la tan reiterada frase que tanto gustaba repetir a Escrivá: “somos el resto del pueblo de Israel. Somos lo que queda del pueblo de DIOS…”. La cita era tan de su gusto que ha sido recogida incluso en la obra novelada de Vicente García: “En nombre del Padre” cuando nos narra una pose de Escrivá relatándonos que “emerge el Padre, quien enderezándose levanta los brazos por encima de su cabeza y atronando con la voz exclama: ‘iSomos el pueblo de Israel, hijas mías! iSomos el pueblo de Israel!…’ Son una y otra vez las que se recrea con el mismo contexto: ‘somos los vestigios del pueblo de Israel”.
Su aparente humildad era tan falsa como él mismo. Una vez mientras oraba, decía en voz alta “aquí tienes a tu burrito sarnoso” a lo que de inmediato y desde lo alto recibió la respuesta del mismo Dios: “un borrico fue mi trono en Jerusalén”.
Tal era el perfil semítico de Escrivá que un sacerdote de Madrid, amigo del escritor Luis Carandell en una conversación sobre el Opus “aprovechó la oportunidad para hacer el chiste de que el Opus Dei estaba constituido ‘por un escriba y setenta mil fariseos’ y añadió la, españolísima pregunta de si monseñor no seria de origen judío”. Sobre este particular se pronunció el antropólogo Julio Caro Baroja no afirmando ni negando su procedencia, aunque si apuntillaba que cuál no era el mejor apellido para pasar camuflado.
Por ello no es de extrañar que en su informe al sínodo diocesano de 1985, el rector del seminario de la diócesis de La Rioja acusó al clero del Opus de “ir a la caza de las herejías” y proseguía diciendo: “…creen pertenecer a la raza de Melquisedec” alusión directa en sentido metafórico.
Su carácter de filiación divina, dé alianza y pacto con el mismísimo Dios, la experimentó el Fundador personalmente “…esta realidad un día de verano de 1931, en un tranvía de Madrid. Mientras se preguntaba cómo podría llevar a cabo la misión que Dios le había encomendado tres años antes, el 2 de octubre de 1928, tuvo una respuesta nítida – que quedó grabada a fuego en su alma – a través de unas palabras del Salmo II: “Tú eres mi hijo; hoy te he engendrado yo”. Con el alma inundada de gozo, empezó a repetir en voz alta, como un niño: “Abba, Pater, Abba, Pater! Abba! Abba!”.
Con razón Escrivá había sido denunciado ante el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería, por considerarse que en una España de efervescencia católica y profundo sentimiento cristiano “el Opus Dei era la rama judaica de la francmasonería” También el Santo Oficio, en el Vaticano, recibiría comunicaciones en tal sentido.
Una anécdota que inocentemente se cuenta en la biografía de Escrivá escrita por su principal alabardero nos refiere que
“cerca de Caracas, el 14 de febrero de 1975, se levantó un hombre joven, de barba poblada y amplia, que realzaba su jovialidad.
– Padre, yo soy hebreo…
El fundador del Opus le interrumpió: “Yo amo mucho a los hebreos, porque amo mucho a Jesucristo – ¡con locura! – que es hebreo. No digo era, sino es: lesus Chdstus, hier et odie, ipse et in secula. Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. El segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño, sigue…”. Le brotaba su instinto judío que a veces no sabía o no podía refrenar, aunque adornaba su impronta con alusiones a Dios y su Santa Madre, para dejar la cosa más atenuada, que se comprendiera el mensaje sin descubrirse por entero.
Una de las personas que conoció la realidad íntima de Escrivá era su amigo el profesor Viktor E. Frankl, judío, especialista de psicología que ha dejado varios testimonios de sus encuentros con el fundador del Opus Dei, donde nos ha dejado constancia de su capacidad de adaptación y simulación, su metamorfosis, propia de los de su raza, remarcando “su asombrosa capacidad para sin­tonizar inmediatamente con su interlocutor. Vivía totalmente en el momento presente y se entregaba a él por completo”.
Tan rematadamente judío era Escrivá que no quiso, siguiendo la costumbre judía, que sus padres reposaran en cristiana sepul­tura en un cementerio católico, siguiendo así la tradición de los hebreos que se llevaban consigo los huesos de sus mayores si eran desenterrados. Escrivá no quiso que los restos mortales de sus progenitores yacieran en tierra bendita y por eso les enterró en la cripta de la casa del Opus en la madrileña calle de Diego de León, exhumación de dudosa legitimidad si nos atenemos a las normas y ordenanzas municipales sobre enterramientos que regían cuando los mismos fueran sepultados extramuros de los cementerios en una calle y en un lugar no aptos.
Otra tendencia que resalta como tradicional en muchos judíos es la de “buscar entronque con linajes aristocráticos”. Y la adquisición y el fraude del título de “Marqués de Peralta”, para el que Escrivá carecía en absoluto de legitimidad tanto de origen como de ejercicio, y sólo su instinto judaico, le arrastró a la feria de las vanidades terrestres, con la búsqueda, la pesquisa y la adjudicación de un título nobiliario para cuyo expediente debió acudir no sólo al engaño a sabiendas de que no tenía derecho alguno, sino hasta a la falsificación documental y a la prevaricación de cargos públicos en el Ministerio de Justicia Español afectos al Opus Dei.
También un claro indicio de poca fiabilidad, a la sazón muy utilizado por los judíos de todas las épocas, es el constante cambio de nombres para no ser reconocidos. Recordemos aquí que Mendizábal, el autor de la más famosa desamortización eclesiástica, ministro liberal discutido, que en realidad se llamaba Alvarez y Méndez y que, como recalca Caro Baroja “siguiendo la costumbre muy común entre los de su linaje, modificó su apelli­do”. El sistema de cambiarse de nombres y de localidad lo subraya al hablar del criptojudaísmo Blázquez Miguel, como una técnica usual y homologada entre los judíos.
Y hablando de tácticas y técnicas, de pautas de compor­tamiento, es significativa la conducta de Escrivá el 28 de marzo de 1975 cuando celebró sus bodas de oro sacerdotales en la in­timidad, según su norma de conducta habitual “ocultarse y desaparecer es lo mío” inmersión y ocultamiento arquetípico del criptojudío.
Según el historiador Pulgar los conversos de Aragón “eran muchos” y según el historiador judío Baer “habría unas seis mil familias judías en el reino de Aragón, lo que proporcionalmente suponía muchísimo”. El famoso Libro Verde de Aragón es un alegato documental y escalofriante sobre la contaminación y la falta de limpieza de sangre en una gran cantidad de familias de la nobleza aragonesa donde una gran parte de las clases privilegiadas tenían verdaderamente origen judío. Bernáldez, en su
Historia de los Reyes Católicos nos informa que “en cuanto podían adquirir honra, oficios reales, favores de reyes y señores, algunos se mezclaron con los hijos e hijas de caballeros cristianos viejos con sobra de riquezas” para luego llevar una vida doble y aprovechada.
Para los criptojudíos, como para Escrivá de Balaguer la ética se reducía, en definitiva, a hacer lo útil en término final en la jerarquía de valores.
Para Cobo Martínez, Josemaría Escrivá de Balaguer es uno de “los más cualificados y eficientes criados del judaísmo”. Sus servicios a la causa judía y los perjuicios que de su actuación se derivan en la Iglesia Católica le confieren el gran título de hijo predilecto de Israel.
De ahí su inclinación a la vida oculta y las llamadas constantes a la imitación, no al amor y a la caridad cristiana, sino “a los treinta años de vida oculta del Señor” con una obsesión por el acatamiento y la obediencia como corres­ponde a las exigencias de una religión, la hebrea, que se basa no en la fe, sino en las prescripciones de una ley sin concesiones donde, como decía Escrivá, “Obedecer siempre es ser mártir sin morir”. La obediencia ciega, sobre el amor y la verdad. Esa es la gran diferencia.
Como nos advierte D. Julio Caro Baroja “hay que tener mucho cuidado con los lobos sangrientos que pasan entre nosotros disimulados con las pieles de mentidas ovejas”.