entre la paz y la sumision….

Todo entusiasmo propagado en una sociedad por consecuencias de comunicaciones y de prácticasconvenidas, produce una corriente magnética y se conserva o se aumenta por la corriente. La acciónde la corriente es arrastrar y exaltar a las personas impresionables y débiles, a las organizacionesnerviosas, a los temperamentos dispuestos al histerismo, o a las alucinaciones. Estas personas sehacen pronto poderosos vehículos de la fuerza mágica y proyectan con fuerza la luz astral en lamisma dirección de la corriente; oponerse entonces alas manifestaciones de la fuerza, sería, dealgún modo, combatir la fatalidad. Cuando el joven fariseo Saul o Schol vino a arrojarse, con todoel fanatismo y la testarudez de un sectario contra el cristianismo invasor, se colocaba a sí mismo, ya despecho suyo, a merced del poder que creía combatir; así fue fulminado por un relámpagomagnético, realizado más instantáneamente por el efecto combinado de una congestión cerebral yde una insolación. —————————————————————————–BD.- Hace pocas fechas, AD se hacía eco de la sorprendente (o no tanto) noticia de la visita del Papa Francisco 1º, prevista para el día 8 de este mes, a la isla italiana de Lampedusa para echar alguna lágrima pontificia sobre la suerte de los inmigrantes ilegales que no han llegado a tierra firme y darle la bienvenida a los demás. La mayoría de los ilegales llegados a Lampedusa provienen del éxodo de los distintos capítulos de la “primavera árabe” que ha florecido en algunos países del norte de África hace ya un par de años y que sigue echando brotes verdes (verde islámico, claro) cada día que pasa. Inmediatamente después de iniciados los disturbios y las guerras de esos países (Túnez, Libia, Egipto) la marea de candidatos al paraíso europeo empezó a desparramarse por las playas italianas. En pocos meses, decenas de miles de tunecinos, libios, egipcios y otros llegaron a Lampedusa en embarcaciones de todo tipo, convirtiendo la marea en inundación. Las aguas de esa riada han llegado a Suiza, Holanda y hasta Gran Bretaña. Y con ellas, la criminalidad y los problemas que generan habitualmente estos pueblos salidos del caos social y de la barbarie política de sus sociedades de origen. Desde entonces, el flujo de “refugiados” e “inmigrantes” hacia las soñadas playas de El Dorado europeo ha remito en intensidad, aunque África, la del norte y la otra, siguen derramando puntualmente su carga de desesperados en busca ávida de su trozo de paraíso: el que los europeos les deben por imperativo moral y como pago a sus históricas fechorías, según reza el catecismo políticamente correcto y cretinamente progre en vigor. Pues bien, el Papa no ha querido ser menos que todos esos traidores a Europa y todos esos enemigos de sus pueblos que aplauden la invasión y ha creído imprescindible hacer patente de qué lado está Su Santidad y la misma institución que dirige. En estas cruciales circunstancias en que la misma existencia de Europa y de sus viejas naciones están en peligro de muerte inminente ante el tsumani de una invasión, principalmente mahometana, que viene por tercera vez en la historia, con animo de conquistarla definivamente, a la tierra que en su fantasía, alimentada por la complicidad de los colaboracionistas locales de esta plaga, les pertenece, el Papa no halla mejor respuesta a esta amenaza que invocar las potencias celestiales para darles la bienvenida a la infantería del ejército de Alá. Como la islamización no cuenta, al parecer, con suficente ayuda de Alá, el Papa Francisco considera que necesita también el apoyo de su Dios, o cuanto menos de su organización terrenal. Mientras el Papa Francisco reza por los invasores que se han tragado las olas, no lejos de allí, en la otra orilla del mar, los cristianos de Oriente viven la angustia de las persecuciones, el desgarro del destierro, el terror de la tortura, el martirio de sus vidas sacrificadas, la agonía del fin de su mundo: un presente de muerte y un futuro de espanto. Mientras el Papa echa al mar una corona de flores en memoria de los que perdieron la vida en la travesía hacia la tierra que vienen a saquear y parasitar, recordamos las palabras de otro Papa, que nos llegan por encima del eco de las vanas declamaciones de amor hacia los que deberían ser recibidos como lo que son: invasores. Ese Papa es Su Santidad Urbano II, y así decía el Romano Pontífice en el Concilio de Clermont, en noviembre de 1095, convocando la Primera Cruzada, ante más de 200 arzobispos y obispos, 4.000 eclesiásticos y 30.000 legos: “Hemos escuchado el mensaje de los cristianos de Oriente. Nos describe la lamentable situación de Jerusalén y del pueblo de Dios. Nos relata cómo la ciudad del Rey de Reyes, que trasmitió la fe pura a todas las otras ciudades, fue obligada a pagar tributo a las supersticiones paganas. Y cómo el milagroso Sepulcro, donde la muerte no podía guardar a su Prisionero, el Sepulcro que es la fuente de la vida futura y, sobre todo, donde el Sol de la Resurrección se levantó, fue ensuciado por aquellos que no se levantará de nuevo excepto para servir de paja para el fuego eterno. Una victoriosa impiedad ha cubierto las tierras más fértiles de Asia de tinieblas. Las ciudades de Antioquía, Éfeso y Nicea ya han sido tomadas por los musulmanes. Las hordas bárbaras de los Turcos han colocado sus estandartes en las mismas fronteras de Helesponto, donde amenazan a todas las naciones cristianas. Si el único Dios verdadero no contiene su triunfante marcha, armando a sus hijos, ¿qué nación, qué reino podrá cerrarles a ellos las puertas de Oriente? El pueblo digno de gloria, el pueblo bendecido por Dios Nuestro Señor gime y cae bajo el peso de esos atropellos y más vergonzosas humillaciones. La raza de los elegidos sufre atroces persecuciones, y la raza impía de los sarracenos no respeta ni a las vírgenes del Señor ni los colegios de sacerdotes. Atropellan a los débiles y a los ancianos, a las madres les quitan sus hijos para que puedan olvidar, entre los bárbaros, el nombre de Dios. Esa nación perversa profana los hospicios… El templo del Señor es tratado como un criminal y los ornamentos sagrados robados. ¿Qué más debo deciros? ¡Somos deshonrados, hijos y hermanos, que viven en estos días de calamidades! ¿Podemos ver al mundo en este siglo reprobado por el cielo presenciar la desolación de la Ciudad Santa y permanecer en paz mientras es tan oprimida? ¿No es preferible morir en la guerra en vez de sufrir por más tiempo un espectáculo tan horrible? Lloremos por nuestras faltas que aumentan la ira divina, si, lloremos… Pero que nuestras lágrimas no sean como las semillas arrojadas sobre la arena. Dejemos que el fuego de nuestro arrepentimiento levante la Guerra Santa y el amor de nuestros hermanos nos lleven al combate. Dejemos que nuestras vidas sean más fuertes que la muerte para luchar contra los enemigos del pueblo cristiano. Guerreros que escucháis mi voz, vosotros que iréis a la guerra, regocijaos, porque estáis tomando una guerra legítima… Armaos con la espada de los Macabeos e id a defender la casa de Israel que es la hija del Señor de los Ejércitos. Ya no es asunto de vengar las injurias hechas a los hombres, sino aquellas que son hechas a Dios. Ya no es cuestión de atacar una ciudad o un castillo, sino de conquistar los Santos Lugares. Si triunfáis, las bendiciones del cielo y los reinos de Asia serán vuestra recompensa. Si sucumbís, alcanzaréis la gloria en la misma Tierra donde Jesucristo murió, y Dios no olvidará que os vio en la Santa Milicia. No os quedéis cobardemente en vuestros hogares con los afectos y sentimientos profanos. Soldados de Dios, no escuchéis nada sino los lamentos de Dios. Romped todos vuestros lazos terrenales y recordad que el Señor dijo: ‘El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí… Y todo aquel que abandone sus casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o esposa, o hijos, o tierras por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. He aquí que hoy se cumple en vosotros la promesa del Señor que dijo que donde sus discípulos se reúnen en su nombre, Él estará en medio de ellos. Si el Salvador del mundo está ahora entre vosotros, si fue Él quien inspiró lo que yo acabo de escuchar, fue Él quien ha sacado de vosotros este grito de guerra, ‘¡Dios lo quiere!,’ y dejó que fuese lanzado en todas partes como testigos de la presencia del Señor Dios de los Ejércitos! Es el mismo Jesucristo que deja su Sepulcro y os presenta su Cruz. Será el signo que unirá a los hijos dispersos de Israel. Levantadla sobre vuestros hombros y colocadla en vuestros pechos. Que brille en vuestras armas y banderas. Que sea para vosotros la recompensa de la victoria o la palma del martirio. Será un incesante recordatorio de que Nuestro Señor murió por nosotros y que debemos morir por Él http://www.alertadigital.com/2013/07/08/del-papa-de-las-cruzadas-al-papa-rendido-al-islam/

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